He aquí un modélico álbum de homenaje a uno de los pianistas más importantes (y menos populares) del siglo xx. Las grabaciones datan de 1950/59, cuando Gulda, un veinteañero (murió en 2000), aún no había caído en los excesos de sus últimos años. En el notable estudio que acompaña al álbum, Wolfgang Rather sugiere una apropiada comparación de Gulda con Thomas Bernhard. Ambos detestaban a su país y sobre todo a la farisaica alta sociedad vienesa. En Austria apenas se habían aplicado las leyes de desnacificación por lo que la élite hitleriana siguió dominando el país durante décadas. Gulda rechazó premios estatales, montó espectáculos bernhardianos (como el anuncio de su propia muerte en 1999), e hizo burla de la tradición musical vienesa en sus composiciones. Todo lo cual le situó en una posición excéntrica respecto a la gran hornada de jóvenes pianistas vieneses de posguerra, menos dotados quizás, pero con carreras más brillantes.
En estas grabaciones de juventud muestra Gulda los principios que tan típicos fueron de su generación en todo Europa: rechazo del romanticismo, lectura racional, construcción analítica, frialdad, limpieza del sonido y objetividad. En fin, derrumbe de la gran tradición germánica. Lo cual da un carácter a las piezas que a veces parece ir a redropelo, por ejemplo en Chopin, y que requiere adaptación por parte del oyente. Algo que no sucede en Beethoven, me apresuro a añadir.
Junto a lo anterior hay que añadir su pasión por el jazz, una obsesión que le llevó a dar conciertos con Chick Corea, por poner una figura. Compensaba su escaso aprecio de la música de la vanguardia europea de los años cincuenta y sesenta con la persuasión de que el jazz era la única música realmente viva después del holocausto. Debo añadir que en ese terreno, sin embargo, nunca llegó a mostrar una personalidad relevante. Era demasiado disciplinado.
En estas grabaciones de la RIAS (muy bien grabadas) no hay apenas rastro de su cada vez mayor radicalidad. Estos son conciertos de gran perfección y en absoluto excéntricos. El aficionado reconocerá, sin embargo, la posición antisentimental de Gulda, sobre todo en repertorios que sus colegas vieneses (Brendel el primero) trataban de un modo enteramente distinto.
El álbum ha de ser apasionante para los interesados por el piano de posguerra, pero también para el aficionado en general. Aquí encontrará un océano de contrastes y matices. Me permito señalar el que más me ha impresionado: el disco de Debussy/Ravel. La escuela francesa ha canonizado un modelo del que es muy difícil alejarse. Sólo Michelangeli lo consiguió plenamente. Gulda, sin ninguna tradición a la espalda (en el mundo germánico únicamente Gieseking había defendido con éxito la música francesa), está a la altura de Michelangeli. No es poco decir.
Atención al concierto de Mozart: Igor Markevitch era un espíritu tan heterodoxo como Gulda y compartía con éste su aproximación analítica y fría del clasicismo. Aunque el sonido es un poco menos convincente, vale la pena oírles juntos, quizás por primera y última vez.
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